Los jóvenes y la política durante la democracia

Los jóvenes y la política durante la democracia

En los últimos años los jóvenes se están volcando con significativo entusiasmo a la política. Sin embargo, y en contraste con generaciones anteriores, los cuestionamientos a lo estatuido y las nuevas formas de militancia y de agrupamientos sociales tienen una fuerte dependencia de las nuevas tecnologías. A continuación, una descripción de este fenómeno.

| Por Juan Carlos Volnovich* |

Hoy en día, los jóvenes que conozco se están volcando con significativo entusiasmo a la política. No sólo a la política partidaria tradicional sino hacia nuevas formas de militancia y de agrupamientos sociales. Y es probable que los treinta años de democracia no sean ajenos a ese entusiasmo. Tal vez no podamos referirnos a una juventud homogénea, ni a una ola que avanza sobre un espacio considerado hasta hace muy poco tiempo interdicto para esa franja etaria, pero sí podamos aludir a una fragmentación de universos simbólicos que conforman un cuadro de múltiples juventudes dispuestas a cantar presente en el espacio ampliado de la polis. Tal vez no podamos referirnos a una juventud cuya ética y estética subordine a las demás, pero eso no tiene por qué autorizarnos a hacer caso omiso acerca de una cultura dominante aunque esa cultura sea la de la parcialidad y la fragmentación.

Es imposible ignorar que nos ha tocado vivir un período trascendente en la historia de la humanidad; momento en que las innovaciones tecnológicas están impactando en el sistema educativo, en la vida misma, como nunca antes había sucedido. O, al menos, como desde la invención de la imprenta, desde Gutenberg, no había sucedido. Y la cuestión no se clausura ahí. Quiero decir: antes que asistir a la incorporación de novedades tecnológicas estamos asistiendo a cambios culturales. Hemos pasado de una cultura textual organizada en función de la lectoescritura –libro, papel y lápiz–, a la cultura de la imagen que, a su vez, rápidamente, le dejó lugar a la cibercultura. Entonces, de lo que aquí se trata es de la cibercultura y de los sujetos que la protagonizan: nosotros, los inmigrantes digitales, “expertos” en adolescentes que aún no hemos desarrollado los instrumentos teóricos ni las herramientas epistemológicas con las que podamos teorizar acerca de los procesos y las operaciones lógicas desplegadas por los “nativos digitales”.

Y los “nativos digitales” aman la velocidad cuando de lidiar con la información se trata. Les encanta hacer varias cosas al mismo tiempo, y casi todos ellos son multitasking y en muchos casos multimedia. Viven hiperconectados. Pueden oír la radio al tiempo que estudian en un libro la lección de historia con la tele prendida, jugando a la play, hablando por el celular, chateando con medio mundo y comiendo pizza. Prefieren el universo gráfico al textual. Eligen el acceso aleatorio e hipertextual en lugar de la narrativa lineal. Funcionan mejor cuando operan en red, y lo que más aprecian es la gratificación constante y las recompensas permanentes que, por lo general, los incitan a desafíos de creciente complejidad. Pero, por sobre todo, prefieren jugar antes que estudiar. Su alimento verdadero son las golosinas digitales y no los alimentos convencionales. Pueden hackear la computadora más sofisticada por la noche aunque, por la mañana, reprueben el examen más sencillo de matemáticas.

Los adolescentes, las adolescentes, no conforman una masa dispuesta a cambiar el mundo. Al menos, no todxs. Sin embargo, las múltiples subculturas adolescentes molestan e interrumpen la tranquilidad con sus exabruptos violentos, con sus impertinencias estéticas, con su indiferencia hacia los sagrados valores de la cultura. Le meten miedo al pequeño burgués; perturban a los adultos de clase media y de clase alta que administran la cultura hegemónica. Esas pibas y esos pibes que se cortan solos (en el sentido literal y metafórico de “cortarse solos”), y que vienen armados de celulares conectados a Internet no pretenden tomar el Palacio de Invierno pero merodean el Palacio Pizzurno (ya se sabe: los celulares en manos de “nativos digitales” pueden convertirse en armas de un poder incalculable). Se juntan allí o en la puerta de las catedrales del consumo por empatía diríamos, por simpatía, comparten uniformados una apariencia, un ambiente emocional, pero no configuran un sujeto histórico alentado por un objetivo a cumplir. Y, aun así, incomodan: dejan bien en claro que son “otros”, que un abismo cultural los separa del mundo convencional que los rodea, que una barrera cognitiva tan transparente como infranqueable nos separa de ellos.

Esa generación actualiza el desconcierto y el “horror”. Son los bárbaros. Antes que una clase peligrosa que viene a quitarnos nuestros privilegios y nuestro patrimonio, son los bárbaros que vienen a confrontarnos con nuestros fracasos y con el fracaso de una cultura que hizo de la ciencia, virtud, y gloria, de la prosperidad. Mientras reactualizan nuestros prejuicios y el terror (el que, entre otros, supimos conseguir en los “años de plomo”), ellos se conforman con permanecer sosteniendo un desencanto cínico con respecto a la sociedad. Cuestionan el sistema, libres de encendidos discursos y de indignados panfletos nos hacen saber sin entusiasmo alguno –con humor a veces; con cierta ironía, otras; con violencias gratuitas a menudo– su desacuerdo con el orden instituido. Frente a la complejidad creciente del contexto actual ellos se refugian en operaciones semánticas y pragmáticas fundadas en un universo de valores simples; valores poco sutiles pero superficialmente estables y duraderos. Al sentido burocrático de los lazos familiares y educativos les oponen la pertenencia al grupo y los afectos comunitarios; a las carreras profesionales y las identidades convalidadas les oponen perfiles fijos, estereotipados y, por sobre todo, fácilmente codificables; perfiles mediante los cuales puedan ser conocidos y reconocidos. Son los nuevos bárbaros: primitivos, emotivos, simples, violentos, a veces; tercos, siempre. Eligen el contacto directo, el frente a frente, para combinarlo con otro tipo de conexiones mediatizadas a través de la pantalla o el monitor; se inscriben en filiaciones fijas y circulan por el espacio público como en un interminable carnaval de Venecia. Aunque, tal vez, hay que decirlo, esa homologación, esa estabilidad, es más mítica que real y las pertenencias efímeras, la mixtura neobarroca de rasgos de identificación, ese sincretismo new age es más frecuente que la pertenencia única consignada en las investigaciones académicas y registrada por los medios.

Tal parecería ser que esa generación se ofrece, generosa, como mercancía para convertirse en producto de consumo. No obstante, frente al peligro que esa multiplicidad encarna, los medios de comunicación y lxs especialistas cumplen su función: tienden a tipificarlos, a encasillarlos, a etiquetarlos para someterlos a la piadosa comprensión del público, a la ineludible asistencia y ayuda. Y es, entonces, cuando la tentación por la nominación, la pasión por la nomenclatura refuerza, insensible, la hiperproducción de un sistema clasificatorio, de un listado de “riesgos”, destinado a capturar los movimientos pulsionales, a neutralizar las vibraciones paganas que alientan a estos colectivos congelándolas en el lugar de “violentos”, de “desertores escolares”, de “drogadictos”, de “delincuentes”, de “prostitutas”, etc. Porque así, cristalizados, coagulados en un rasgo identitario que los ubica en una porción acotada del universo simbólico, se nos hacen menos amenazantes. Todo, para atenuar el temor ante esas formas de transgresión que, sospechamos, no se agota en la respuesta desordenada a la legalidad hegemónica; no se clausura en la espectacularidad de su presentación. Hay algo perturbador en el devenir de esos grupos de pibas y de pibes que va más allá del puro desorden; hay algo de un deseo productivo social que circula por allí –líneas de fuga deseantes–, y lo más seguro es que las oposiciones bipolares: normal-patológico, trabajadores-desocupados, estudiantes-desertores, integrados-excluidos, incorporados-alternativos no logran abarcar ni la plenitud de la energía que allí está en juego, ni el vacío social que los alberga. Pese a la fascistización jerárquica que inunda las “barras” y muchas veces las organizaciones partidarias, estos modos de alineación y de re-territorialización cobijan la desmesura de una potencia incapturable que hace peligrar la integridad y la perpetuación del Sistema de ligaduras sociales tal cual como está instituido. La voluptuosidad de estas subculturas desborda con su desmesura la confiscación molar que las amenaza.

Las juventudes de los partidos políticos, los centros de estudiantes, las manadas de adolescentes, no son nuevas ni es tan reciente el interés mediático y académico que las tiene como destinatarias. Lo novedoso, en todo caso, es la figura que adopta en el imaginario social. Ante el colapso subjetivo producido por la catástrofe financiera y política del neoliberalismo; ante el terror a un “aluvión zoológico” que aprovechando la “crisis” viniera a expropiarle las pertenencias a la “gente decente”, los adolescentes se nos aparecen como manifestación posmoderna, versión light de un lumpen proletariado peligroso, desafiante y molesto.

Y la reacción ante los adolescentes es muy elocuente. Si de los sectores más conservadores se trata, el “problema” se resuelve de manera simple y contundente: habría que hacerlos desaparecer o, si acaso, tomar a sus integrantes, uno a uno, y lavarlos y peinarlos, ordenarlos y ponerlos a estudiar y a trabajar para que, algún día, lleguen a ser “hombres y mujeres de bien”. Esto es, para que aspiren a llevar al mundo al borde del precipicio como lo han hecho los que hasta ahora han tomado ese camino.

Si de la clase media progresista se trata, la correcta política se basa en el respeto: clasificarlos (al estilo de la taxonomía de Linneo), contemplarlos como animales de zoológico neutralizados e inofensivos en la medida en que no se escapen de la jaula que los contiene.

Pero el caso es que, como decía, no estamos ante una clase peligrosa que viene a quitarnos nuestros privilegios y nuestro patrimonio; estamos frente a los bárbaros; aquellos a quienes Alessandro Baricco llamó los “bárbaros” por el desprecio que les dirigen a los valores más altos de la cultura burguesa; “bárbaros” por la impertinencia hacia los mejores atributos del conocimiento; “bárbaros” por el rechazo al saber que ponemos a su disposición; “bárbaros” porque nos obligan a reflexionar acerca del sentido de nuestro patrimonio.

En realidad, esos “nativos digitales”, esas pibas y esos pibes desconfían de la información que queremos transmitirles; si son poco receptivos es porque sospechan que ese conocimiento y ese sistema axiomático que les ofrecemos no es ajeno a la catástrofe que les toca vivir. Y lo que no les perdonamos es que, con su irreverencia, nos hagan saber que nuestra gloria de burgueses cultos y civilizados generó, permitió –o, al menos, no logró impedir– las peores calamidades que sufrió la humanidad (desde Auschwitz hasta Hiroshima; desde la ESMA hasta el consenso que toleró la instalación del neoliberalismo entre nosotros, por mencionar sólo algunos); gloria de burgueses que produjo una generación sufrida, castigada y maltratada a la que sólo le queda refugiarse allí: en la oscuridad de un cíber, en la precariedad de un estigma elevado a emblema (un tatuaje, un piercing, una cicatriz).

Entonces, si comencé afirmando que las juventudes de los partidos políticos, los centros de estudiantes, las manadas de adolescentes no son nuevas, terminaré recordando que, en contraste con los jóvenes de generaciones anteriores, la actual es la primera generación que, para lograr su independencia, cuenta con la dependencia de las nuevas tecnologías. Jeroen Boschma e Inez Groen han impuesto la categoría de Generación Einstein para aludir a quienes nacieron a partir de 1988. Estos autores esgrimen sobrados argumentos para fundamentar el respeto y la admiración que les despiertan los jóvenes contemporáneos: pibes y pibas que conocen como nadie las reglas del marketing, que leen la prensa como periodistas, que miran películas como semiólogos, que analizan anuncios como verdaderos publicistas, que siguen sin dificultad alguna la complejidad de Lost; jóvenes que se despliegan en un universo simbólico donde sus padres y los adultos que los rodean –“inmigrantes digitales”– no entran más que para balbucear torpemente; más rápidos, más inteligentes, más sociables, más “políticos”, se mueven como pez en el agua en el ciberespacio y en el espacio real sin pedir permiso a los mayores; son los dueños absolutos del futuro.





* Médico. Psicoanalista. Especialista en Psiquiatría Infantil.