Cuando “los otros” cruzaron la frontera

Cuando “los otros” cruzaron la frontera

Muchas veces las relaciones sociales con los migrantes externos tienen un carácter conflictivo. Esto se vincula con nuestros propios modos de mirar al otro. Dejar de lado la estigmatización es fundamental para poder constituirnos como una sociedad intercultural.

| Por Néstor Cohen* |

La Argentina tiene una extensa y variada tradición migratoria externa. Desde fines del siglo XIX, con ritmos más intensos o menos intensos, y hasta mediados del siglo XX, las migraciones de origen europeo, preferentemente españoles e italianos y en menor medida polacos, alemanes, ingleses, entre otros orígenes, llegaron a nuestras costas y se radicaron, mayoritariamente, en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Durante todo el siglo XX y lo que va del XXI cruzaron nuestras fronteras personas de origen paraguayo, boliviano, chileno, uruguayo, peruano y de otros orígenes latinoamericanos. En diferentes momentos dentro de los últimos, aproximadamente, setenta años llegaron personas de origen asiático, japoneses primero, coreanos, chinos, entre otros; después y en menor medida durante el siglo pasado, pero algo más intensamente en estos últimos quince años, están llegando personas de origen africano, mayoritariamente de la región subsahariana. Expresiones populares como “venimos de los barcos”, aludiendo a que nuestros orígenes están más allá de nuestras fronteras, o “somos un crisol de razas”, apelando a una metáfora que expresa la síntesis, la fusión de orígenes nacionales y culturales tan diferentes, son consecuencia de esa realidad migratoria que nos acompaña desde nuestro nacimiento como nación soberana. Sin embargo, a esta diversidad que está en nuestras bases, en nuestros cimientos, que atraviesa a la mayoría de nuestras familias, no siempre la reconocemos y aceptamos como parte de nuestra identidad como pueblo. Es frecuente que nuestras relaciones sociales con los migrantes externos se constituyan en relaciones desiguales, con cierto carácter conflictivo.

En sociología y en psicología social solemos hablar de las representaciones sociales como esa imagen que construimos de los otros, que nos ayuda a comunicarnos, a entenderlos, a poder dominar las diferentes situaciones que nos plantea la vida colectiva y que resultan no sólo de atributos o características del sujeto que nos representamos sino, también, de atributos que nosotros le asignamos de acuerdo a la posición que ocupamos en la sociedad, en la economía y en la cultura. En otras palabras, en toda representación social hay contenidos propios del sujeto representado que se entrelazan con nuestros propios modos de mirar al otro. Cuando la representación social está referida a los migrantes externos, esa mirada sobre el otro no sólo detecta las diferencias, no sólo reconoce que hay un otro distinto a nosotros, culturalmente distinto, históricamente distinto, fenotípicamente distinto, etcétera, sino que puede hacer de esas diferencias un sistema de jerarquías. Cuando eso ocurre nuestra relación es una relación de distancia, que ve en el otro un sujeto inferior o transgresor o carente de. Cuando construimos esas representaciones sociales no asociamos el origen nacional del migrante a su cultura, su religión, su país con su economía, su historia y sus paisajes, sino que lo asociamos a esos atributos inferiorizadores, descalificadores. Deja de ser un boliviano, un paraguayo, un chino, etcétera, para transformarse en alguien que consideramos intelectualmente lento o sumiso o explotador o violento o vago o sucio o tantas otras características que lo estigmatizan, y lo más preocupante de este proceso es que suele quedar naturalizado, entendiendo por tal considerar que cada vez que vemos o escuchamos hablar de determinado migrante lo asociamos, naturalmente, como si se tratara de una verdad incuestionable, a alguna o algunas de esas características estigmatizadoras. Más aún, es probable que si alguien opinara en contrario o refutara nuestro decir, supondríamos que está equivocado. Esta naturalización inferiorizadora, descalificadora del otro, cuando transita naturalizada significa que está alejada de la conciencia, del reconocimiento de quien la porta. Allí comienzan a gestarse las condiciones previas para que, si ocurrieran otras condiciones de tipo político y económico, se desencadene un proceso discriminatorio del cual tengamos que lamentarnos.

Estas representaciones no resultan de una descripción objetiva y neutra, pero tampoco son producto del azar, la casualidad ni el capricho. Estas representaciones resultan de un complejo proceso en el que intervienen cuestiones históricas que hacen a la identidad nacional de la sociedad que es receptora de los migrantes, por ejemplo, el modelo de nación que se fue gestando en las etapas fundacionales y en las subsiguientes, la definición de ciudadano, quién lo es y quién no, el modo en que se fue definiendo el territorio nacional con las distintas disputas ocupando y defendiendo territorios hasta llegar a su configuración definitiva, la lengua oficial y las lenguas olvidadas o “muertas” y la construcción de la historia oficial con sus héroes, sus efemérides, sus fuerzas armadas, su iglesia y los grupos de poder legitimados y acreedores de institucionalidad. Suponer que estas formaciones no están activas actualmente implicaría asumir que la historia es un relato y que los hechos fundacionales del pasado quedaron definitivamente disociados de lo que hoy somos, por ejemplo en nuestro caso, que la nación que integramos es una nación diferente a la que se modeló en el siglo XIX.

Otro factor que interviene en la constitución de las representaciones sociales acerca del migrante externo es el rol del Estado como administrador de la diversidad social y cultural. El Estado desempeña un rol significativo en este proceso porque desde la sociedad civil se lo considera el garante del respeto a los derechos. En este sentido se espera del Estado que cumpla una función moral. Al respecto hay tres instituciones fundamentales que se desempeñan como referentes públicos de lo bueno y lo malo, lo que se debe hacer y lo que no, en otras palabras, son las instituciones que tienen como objetivo dirimir lo normal de lo desviado. Estas instituciones son la escuela, el poder judicial y las fuerzas de seguridad. Las tres consolidan los valores a partir de los cuales se define quién es quién respecto de la participación social, política y económica, entendiendo por tal la asignación de derechos y obligaciones. La escuela socializando a los niños y a los jóvenes, recuperando un discurso de la historia, que como todo discurso es el resultado de una selección e interpretación de hechos ocurridos, sujetos que participaron, instituciones que intervinieron, etcétera. Pero además, la escuela, como toda institución, no es impermeable, no está blindada, es atravesada por el decir y el hacer cotidiano del medio social en el que está inserta. La escuela no puede aislarse y construir un discurso alternativo al discurso contemporáneo que transita extramuros. Pasado y presente regulan el hacer de la escuela. La escuela, y de alguna manera también la familia, desempeñan un rol estratégico en torno a las ideas y creencias sobre las diferencias nacionales, culturales y religiosas. Otra de las instituciones a través de las cuales interviene el Estado en el campo de la diversidad es el poder judicial, trazando límites entre lo legal y lo ilegal, construyendo los caminos más accesibles o más dificultosos de acceso al derecho. Decidiendo quién transita por un camino y quién por el otro. Y la tercera institución en cuestión la integran las fuerzas de seguridad. Es la institución en la cual represión y orden forman parte de su misma razón de ser, a la vez que su intervención es la puerta de entrada para que cualquier sujeto quede involucrado en el ámbito de la Justicia.

Las cuestiones históricas y el Estado tienen una impronta de carácter local. S bien no son factores ajenos al proceso económico y político mundial, corresponden a la esfera de lo nacional, sus actores sociales formaron y forman parte de la sociedad receptora y desde allí actúan. Sin embargo, hay un factor interviniente en la constitución de las representaciones sociales acerca del migrante externo, cuyas fronteras nacionales son muy inestables o difusas. Me refiero a los mercados como parte del sistema capitalista. Los momentos de crecimiento y de crisis de los mercados tanto nacionales como internacionales, la transnacionalización de la economía, el debilitamiento de las economías nacionales, la virtualización de las fronteras, etcétera, direccionan los procesos migratorios –expulsando y atrayendo poblaciones– y las grandes concentraciones de población en condiciones de marginación, fomentando una sociedad de clases organizada con criterios de exclusión y aumentando cada vez más la existencia de poblaciones en niveles extremos de privación económica y marginación social y con sectores medios atravesados alternativamente por ciclos de estabilidad e inestabilidad económica. Estos mismos mercados demandan, y muchas veces extorsionan, al Estado y a los medios para la constitución de un discurso legitimador de la gestación de ese proceso. Los ruidos y los silencios en torno a las migraciones externas están condicionados por la presencia y ausencia de crisis económicas y por la fuerte y desigual concentración de la riqueza. Finalmente, el rol de los medios masivos de comunicación como reproductores y legitimadores del tratamiento de la diversidad social y cultural, contribuye a la naturalización de este complejo proceso en el que intervienen factores históricos, el Estado y los mercados. Estos tres factores de la política, de la comunicación y de la economía se intersectan y producen una fuerza sinérgica que resulta difícil desarticular. Las representaciones sociales hacia el migrante externo son la materialización (entendida como lo visible, lo producido) de este proceso y juegan un rol protagónico en la construcción de las relaciones sociales entre migrantes y nativos. La visión que la sociedad receptora tiene del migrante externo condensa el mandato histórico del siglo XIX acerca de quién debía formar parte de esta nación y quién no, con lo que la escuela toma y reproduce de ese discurso al que agrega toda nuestra trayectoria del siglo XX y su idealización sobre las migraciones de las primeras décadas, con el discurso de los medios masivos, a veces neutro, a veces persecutorio, y con los mercados que siguen expulsando o atrayendo poblaciones según los ciclos, coyunturas, crisis o como mejor nombremos esos períodos que resultan del temblor del orden económico dominante.

Ahora bien, las relaciones sociales a las que me estoy refiriendo, que no son otra cosa que lazos interculturales, son constituidas desde la sociedad receptora con criterios aceptados desde una cultura a la que se reconoce como normal, entendida como un hacer que cumple con lo que se espera que deba ser hecho. El migrante externo en tanto no reproduzca esta normalidad va configurando el lugar del desviado, de aquel que se aleja, incumple con estos criterios, con mandatos gestados al interior de esta cultura normal. Cabe preguntarse, entonces, si percibir al otro como un sujeto desviado no implica suponerlo un agente patológico, corrosivo, para nuestra identidad como nación. Afectar la identidad nacional implicaría, de acuerdo a lo expuesto hasta aquí, destruir toda posible concepción de normalidad, implicaría inundar de sujetos patológicos, desviados, la vida cotidiana. Estas supuestas desviaciones son de dos tipos: la del sujeto inferior, de menor calificación intelectual, laboral, económica, y la del sujeto transgresor, irrespetuoso de la ley, que quebranta la norma. Ambas desviaciones están construidas en torno a estereotipos, en ambas se asume que quien cruzó la frontera no sólo es diferente sino que, además y principalmente, produce daño, y respecto de quien es necesario poner distancia. En la medida en que no resolvamos esta encrucijada en la cual, por un lado, nos reconocemos como un pueblo atravesado por importantes contingentes migratorios provenientes de diferentes lugares del planeta pero, por otro, asociamos al migrante que convive con nosotros con atributos que lo descalifican, jamás podremos llegar a constituirnos como una sociedad intercultural, y es probable que ante determinadas coyunturas críticas, en lo político y en lo económico, volvamos a revivir comportamientos discriminatorios como los que hemos vivido a lo largo de nuestra historia.





* Sociólogo, profesor titular de la Carrera de Sociología – FSOC – UBA. Investigador del Instituto de Investigaciones Gino Germani – UBA.