Una escuela para padres. Escuela Experimental Los Biguaes, Delta del Paraná, Primera Sección de Islas

Una escuela para padres. Escuela Experimental Los Biguaes, Delta del Paraná, Primera Sección de Islas

Las escuelas experimentales son experiencias de economía colaborativa dirigidas a la construcción de una realidad diferente. Cuestionan el rol de las escuelas tradicionales como depósito de niños y niñas, derribando los preconceptos y creencias de educadores y educandos. En este artículo, una aproximación a una práctica de construcción social.

| Por Julieta Zamorano |

Las escuelas experimentales existen hace mucho, y se abre una por año desde que ha sido reconocida su pedagogía en el año 1984. Hagan la cuenta de cuántas hay desde Tafí del Valle hasta Ushuaia. Las encontrarán fuera de las ciudades, en lugares especiales, siempre rodeadas de jardines y canciones.

Si nuestra sensación es que el mundo está al revés y que vivimos en la cultura del sinsentido, las escuelas experimentales son una demostración de que es posible cambiar, y por contagio, el rumbo de una comunidad. Vean el documental realizado por Mario Piazza de la Escuelita de la Señorita Olga en Alberdi, Santa Fe, año 1960, para percibir cómo se conforma un nuevo paradigma educativo (https://www.youtube.com/watch?v=YJRzTcNWlTY).

Empieza como un sueño, parece imposible, por eso Nelly Pearson, una vieja maestra, nos recuerda siempre: “Los que estamos y estuvimos la soñamos sin saberlo, y los que llegan deben soñarla después”.

No es una propuesta educativa solamente, incide directamente en nuestros hábitos y costumbres, en definitiva, produce una transformación social.

La Escuela Los Biguaes, localizada en el Delta del Paraná, es una oportunidad vivencial de economía colaborativa dirigida a la construcción de una realidad diferente. Una oportunidad de devolverle al mundo su revés y de otorgarles sentido a las labores diarias.

Está basada principalmente en pocas tareas, digamos reglas de orden externo, que deben ser realizadas como una ceremonia: respetar los horarios y las fechas pautadas al comienzo de clases, concurrir a una jornada cada quince días de panadería junto a cuatro familias, ocuparse en tiempo y forma de algún insumo para la panadería. El resto se basa en el sentido común y el orden interno. Entonces, ocurre la experiencia: cantar, recitar poesía, hacer pan, limpiar, bailar, leer y observar imágenes de libros de calidad y compartir el Silencio. Son momentos de silencio en donde toda la escuela, padres trabajando y visitas incluidas, se sientan en rueda y experimentan la presencia de uno, y el otro. Luego del intervalo en el jardín, se comparte en silencio el té con tostadas.

Para una persona que no está acostumbrada a estar en silencio, puede ser impactante. Porque posiblemente sienta que es impuesto, obligado. Eso me ha pasado, pero atravesando esa primera sensación incómoda uno se encuentra en el mejor de los estados. El de la verdadera comunicación.

Dorothy Ling, precursora de las escuelas experimentales, en su escrito “El Arte Original de la Música”, cita a Ivan Illich: “…más se comunica a través del silencio que mediante el uso de la palabra”.

De esta experiencia parte casi todo lo que ocurre en la Escuela, menos charla y más trabajo sería la síntesis.

Esta es una historia llena de emociones que trataré de describir con palabras simples. Porque quiero compartir algo con los lectores y, quién sabe, al menos a uno, pueda servirle para cambiar el rumbo de su dicha. Y tal vez, esta historia pueda funcionar como un cartel en el camino para dar un volantazo o por lo menos saber que existen algunos lugares en donde las relaciones vuelven a ser humanas.

No se trata de una promoción de la propuesta ni tampoco una proclama de la Escuela, es una descripción de una experiencia personal.

Encuentro con las escuelas experimentales. Año 2008

Tengo dos hijos, en ese año tenía 3 años el varón y 18 meses la niña. Ambos concurrían tres veces a la semana a una guardería en la ciudad de Tigre mientras yo iba a trabajar al centro de Buenos Aires. Los guardaba en una casa con un pequeño jardín, recomendada con estas palabras: “Quedate tranquila que los cuidan y tratan bien, pero no pidas más que eso”.

Yo, madre extremadamente puérpera, no me cuestionaba mucho la “educación de mis hijos” pero venía llegando…

Ya vivía en la isla desde hacía cuatro años, y recién estaba conociendo a la gente que me rodeaba. Interacción obligada porque empezaban a llegar los bebés uno tras otro. Y la lancha colectiva entre llantos y amamantamientos masivos nos hizo hablar y, sobre todo, darnos cuenta de cuánto teníamos en común.

Una madre me hablaba de una escuelita que se estaba gestando en el continente. Yo lo oía como ruido de fondo, no escuchaba lo que me decía. Un buen día, por primera vez, nos juntamos algunas madres debajo de un ciprés de algún arroyo isleño. Dicha madre me volvió a decir de la escuelita y me dijo que tenía los “papeles” para darme.

En ese momento yo sólo leía el tamaño de los pañales. Esa noche cambió el rumbo de nuestras vidas. Lo desperté al padre de mis hijos y le conté lo que había leído y le dije que teníamos que sacar a los chicos de la guardería (había leído el informe de escuelas experimentales en Ushuaia http://www.cippec.org/documents/10179/51827/Las+escuelas+experimentales+de+tierra+del+fuego.pdf/82c4179a-34d6-47b3-a7c9-d8fd929ecf64 , no necesariamente le pase lo mismo al que lo lea ¡pierdan cuidado!).

Los días siguientes fueron como cataratas de sucesos, y llegué a la ¡mismísima garganta del diablo!

Un amigo me llamó para ir juntos al encuentro que se venía realizando hace años para armar el grupo de valientes que inicia una escuela. Ese día todos me parecieron raros, y ¡más raro lo que hicimos! Nos sentamos en rueda, cantamos canciones tristísimas para mi corazón (apreciación personal) y tomamos el té con masitas deliciosas. Luego, al mismo ritmo, algunos pintaban pizarrones y otros conversaban sobre el posible lugar para comenzar al año siguiente con un grupo de cuatro niños de 3 años.

Empezamos siete familias, conseguimos alquilar una casa soñada en el río Carapachay, hicimos una feria americana, vendimos objetos por 7 mil pesos, compramos una canoa y el horno para la panadería que sostendría la actividad de la Escuela Los Biguaes.

En La Plata, donde nacieron estas escuelas, y en Ushuaia, son muy conocidas. Inclusive muchos padres no saben que adentro la pedagogía es diferente a la del resto de las escuelas. Sus padrinos son, entre otros, los gobiernos provinciales y municipales que han acompañado el devenir de cada una y reconocida su enseñanza en paralelo a la educación pública tradicional. Por eso, uno las conoce por la propia vecindad a alguna de ellas.

En el resto del país probablemente no las conozcan. Recién ahora, para los que buscan opciones educativas y gracias al video masivo de la Educación Prohibida (La educación prohibida) se dio a conocer su existencia. Inclusive hay un mapa sobre experiencias educativas alternativas en donde el que curiosea o necesita, encuentra http://map.reevo.org/.

Sin embargo, para llegar a las escuelas hay que sentarse en esa rueda. Sólo allí, en la no palabra, se entiende cómo funcionan.

Te cambia la vida. Año 2009

Cuando empezamos, mi hija aún no había cumplido los 3 años. Era contradictorio mandarla a la guardería y a mi hijo a la Escuelita. Tenía que resolver dónde dejarla a ella, ya que ambos padres trabajábamos. Todo el esquema iba a cambiar. Ya no la Escuela mientras trabajo, la Escuela requería nuestro trabajo.

En este punto uno no quisiera profundizar en que la “educación” de los niños y adolescentes sucede al mismo tiempo y dependiente de la jornada de trabajo de los adultos.

Empezamos a adaptar nuestra vida a la Escuela, es decir, empezamos a ir a la Escuela. Al entrar nos sacamos los zapatos, dejamos lo puesto afuera. Lo que creíamos haber aprendido hasta ese momento, dentro de la Escuela tiene otro sentido.

El compromiso con la tarea fue un ajuste inmenso para nuestras realidades. Todos creemos que cumplimos con nuestra tarea, ¡mentira! Olvidamos el significado de una invitación, de la espera y recepción en la entrada, del saludo inicial, del hasta mañana, de traer algo para compartir.

Uno vuelve a atender lo cotidiano, y no a la urgencia; a estar presente en al menos los momentos de la Escuela, prestando atención al otro, y sobre todo, a sí mismo.

Respetar el horario de entrada, estar atento a los insumos para la actividad panadera como de la Escuela, observar la limpieza y el orden en una convivencia masiva hace al vínculo y al respeto.

El acto de hacer pan, milenario y humano, nos acerca al contacto con la sensación de que mientras amasamos “trabajamos” juntos y simultáneamente los niños están en una experiencia educativa. Es una asociación que ya es natural para nuestros chicos, pero no para nosotros y menos para el común de las personas. Mi hija me pregunta sobre mi escuela, le contesto: “Fui al Normal Nº 1 (Av. Córdoba y Ayacucho, frente a ex Obras Sanitarias), había miles de personas”. Entonces ella se imagina y me dice: ¡Ah! ¡Donde la abuela iba a hacer pan!”.

Aunque imaginarme al Normal Nº 1 como una fábrica gigante de padres y maestros trabajando puede sonar ridículo, a esta altura, más ridículo me parece cómo la sociedad sostiene un acto tan sin sentido como depositar a los niños en establecimientos educativos obsoletos y perversos. Con esto no estoy despreciando el gran valor de la educación pública argentina sino señalando la necesidad de revisar y actualizar la forma en que construimos nuestra sociedad desde su estado más inicial.

La experiencia. Un día en la escuela

A las 7 AM algún padre, madre o maestro o las tres cosas juntas, enciende la salamandra para iniciar el día. A las 7.30 AM llegan algunos maestros, conversan y organizan la jornada; llegan algunos panaderos, preparan la chirla (preparación inicial de levadura y agua tibia). A las 8 están ubicados 2 en el zapatero, 1 en la puerta de entrada al salón y 2 en la rueda. Nos reciben mirándonos a los ojos.

8.16 AM todos en la rueda, esperando al último que se sentara. A esa hora no hay llegadas tarde, no hay griterío, no hay filas ni pupitres. Hay una rueda formada por personitas entre adultos, sobre almohadones y dentro de una gran casa, la casa de todos.

A las 8.20 silencio total.

Luego de terminar la primera parte de actividades, nos invitan entre cofias y delantales, a compartir el té. Cada niño tiene asignada su tarea, cuentan las tazas, cortan 120 tostadas con mermelada casera. Dos pavas de tres litros se inclinan ante uno… Gracias… Silencio total.

Nuevamente a las actividades. Un día, entre esas ruedas por edad, vi una rueda particular: la de personas de la Municipalidad conversando sobre las necesidades de la Escuela.

No es una Escuela carenciada, no es una Escuela privada, ni tampoco es pública. Es una Escuela abierta y gratuita. No es un proyecto, es una Escuela posible.

“Es para todos los niños pero no para todos los padres”. Es para aquellos que entiendan que estamos ahí gracias a las primeras señoras que se DECIDIERON a CAMBIAR la forma en que se educa, y trabajaron mucho y hasta construyeron edificios y expedientes que pesan toneladas. La pedagogía es legalmente reconocida, pero eso no importa, lo que importa es que todos los días, padres y maestros abran la Escuela y pongan el agua para la chirla y el té. Es por eso que nuestro trabajo forma parte de la Escuela para los que vendrán.

Si hasta aquí aún se preguntan: bueno, muy lindo todo, pero, ¿¡cuándo aprenden!?, hagan la siguiente prueba con un par de amigos, familiares o conocidos: se sientan en ronda en silencio, y toman un buen libro. Lo leen juntos y conversan sobre el tema. Si a este hábito le agregan previamente la búsqueda y preparación del tema y antes o después una canción de la Escuela, la sensación es trascendental. Les parecerá gracioso, pero hagan la prueba, sólo sientan lo que sucede al compartir ese momento. Se viene abajo todo preconcepto y sobre todo creencias sobre los educadores y educandos. Se potencia el vínculo sin importar la empatía con el otro. La práctica diaria de ese hábito hace a la práctica del presente como hecho concreto de construcción social. Claro está, celulares apagados.

Hay algo mágico allí adentro, hasta el llanto de un niño toma valor en un mar de silencio. A veces los maestros nos encuentran espiando a nuestros niños. Aún no sabemos cómo hacen para que las ruedas convivan entre sí en armonía. Son por edad y por tema, hay de matemática, arcilla, de mapas, de cuentos y hasta del cosmos. Las conversaciones se escuchan como las olas del mar…, y sorprende cómo sin querer o queriendo acoplamos nuestro cantar, desde la cocina, a esa maestra que lleva el cancionero.

No crean que no hay conflicto, pues es natural del ser humano. Pero esta Escuela está ubicada en lo que Sarmiento y los chanaes y guaraníes llamaban la Tierra sin Mal.

Al finalizar el día de Escuela, si uno llega unos minutos antes, se encuentra con los niños barriendo, lavando y secando las tazas y sacudiendo los manteles del pasado té sobre el jardín.

Allí están los dueños del lugar, sin ellos no habría razón para estar allí.

Preguntas más frecuentes

La primera pregunta que uno se hace se va esfumando prontamente, y es: ¿tiene papeles?

Las escuelas nacen en los corazones de quienes las sienten. Pueden ser públicas, provinciales, o municipales, privadas, clandestinas u ONG.

La nuestra tardó 8 años en nacer y fue gracias a la convicción de una sola persona, en ese momento sin hijos ni padre para esos hijos, que perseveró hasta dar con el grupo pequeño de personas que hicieron el salto de fe.

Muchas veces veo llegar a las maestras remando y me afirma que sólo las locuras tienen sentido.

¿Cómo hace si quiere cambiar de escuela o luego en el secundario? Pues bien, se cambia y punto. La ley de educación proclama al Estado a garantizar el acceso a la educación de manera que es su obligación recibir al niño independientemente de donde venga.

Y aquí uno entra en el sentido de las cosas. ¿Qué nos hace pensar que los papeles hablan más de las aptitudes de las personas que las personas mismas? ¡Bendito el día que se inventó el currículum! Maldición social que fomenta el éxito personal, basado en un sistema de producción de papeles a seguir: presencia en congresos, seminarios, simposios, etc., publicaciones con o sin referatos, libros, grados, posgrados, súper posgrados, postdocs, subsidios, becas, premios y fondos. Algunos tienen esos papeles como consecuencia de una vocación. Al resto del común de los mortales nos obligan a tenerlos. Pero esto es así: papeles de vacunas, de certificados, de partidas, de concubinatos, de residencias, de permanencias, y de supervivencias entre otras.

Hemos creado una Asociación Civil Escuela Los Biguaes para tener nuestros papeles y anclarnos en el sistema. Allí se realizan actividades educativas, pero no hay un establecimiento educativo, no hay una institución. Sí que hay muchos beneficios en que la Escuela esté funcionando sin la perversión institucional. Sin embargo desde el inicio fue objetivo de la Escuela la interacción con el sistema educativo para obtener los cargos docentes y los fondos que solventen los gastos de mantenimiento y reformas edilicias. Sería una alegría que nuestra Escuela fuera pública de gestión estatal.

Por ahora, nada de eso recibimos, pero señores, la Ley de Educación tiembla frente a las escuelas experimentales.

Muchos me preguntan si tengo miedo de que luego estos niños no puedan adaptarse al mundo tal cual está. No queremos que se adapten al mundo en el que ¡todo está al revés! Me importan aquellos caminos de transformación y no de pasividad frente a la realidad de hoy en día. Si mis hijos algún día me recriminan, les diré que yo elegí la pastilla azul.

Otra de las preguntas es sobre la creencia de un alto nivel socioeconómico de las familias que por lo tanto no trabajan y tienen disponibilidad de tiempo para participar. Es equivocado ligar estas condiciones a la existencia de la Escuela. A pesar de que hoy en día hemos conseguido ser un poco más dueños de nuestro tiempo, hay muchas familias que siguen el régimen de la jornada laboral. Esto no quita el compromiso con la Escuela. La organización que logramos indica que, para cada padre, una jornada de trabajo por mes y una más para la reunión de asociación mensual da un total mínimo de 18 jornadas anuales dedicadas a la escuela de sus hijos. 18 días frente a 365 días del año, es suficiente como trampolín para sumergirse en esta propuesta.

Si esto ocurre, si uno hace el salto de fe, la Escuela es “aquel lugar donde todos queremos estar”. Esta es la definición más usada por los que amamos la Escuela. El significado de esta frase es muy poderoso porque edifica un lugar donde todos, sin diferencias, estamos trabajando, con nuestros niños, con la única excusa de estar juntos.

Autorxs


Julieta Zamorano:

Fundadora de la Escuela Experimental Los Biguaes.