El sector agropecuario en la posconvertibilidad: la distribución del ingreso en regiones pampeanas y extrapampeanas

El sector agropecuario en la posconvertibilidad: la distribución del ingreso en regiones pampeanas y extrapampeanas

A pesar del crecimiento e internacionalización de la producción agraria, y del aumento de la rentabilidad relativa de estos productos, el sector se sigue destacando por el reducido porcentaje del ingreso que se apropian los trabajadores. Si bien esto no constituye un hecho novedoso, es urgente la creación de mecanismos que permitan generar una mejora en la distribución del ingreso.

| Por Agustín Mario y Regina Vidosa |

Desde las últimas dos décadas, el sector agrario argentino está experimentando un ciclo de crecimiento e internacionalización de su producción. Esto, combinado con la constitución de un paquete tecnológico centrado en el uso de semillas transgénicas, labranza cero o siembra directa y nuevos sistemas de almacenamiento, ha elevado la rentabilidad relativa de los productos agrarios, centralmente de la soja, respecto de los demás productos agropecuarios. Vinculado a esto, puede observarse, en el sector agropecuario argentino de los últimos veinte años, un proceso en el cual se combinan a) el uso creciente y continuo de las tierras para cultivos agrícolas y sustitución de diversos productos regionales o ganadería, b) el desarrollo de producciones orientadas al monocultivo (principalmente soja, o la combinación trigo-soja), y c) una expansión de la frontera agropecuaria hacia regiones extrapampeanas –noroeste (NOA) y noreste (NEA)–.

Frente a estos cambios y la creciente rentabilidad que obtienen los productores del sector, surge el interrogante por las implicancias económicas y sociales que tiene este proceso sobre algunas de las variables del mercado de trabajo en el sector. Sin embargo, este tipo de análisis no es una tarea simple en el sector agropecuario argentino, principalmente debido a la carencia de datos estadísticos agregados respecto de la cantidad de trabajadores, sus niveles salariales y su participación en el valor agregado sectorial. A su vez, el elevadísimo nivel de informalidad laboral que presenta, sumado a la fuerte presencia de trabajo temporario –debido a la estacionalidad de algunas actividades– y las situaciones de multiempleo –en las que conviven trabajos urbanos y rurales– dificultan aún más el panorama.

Por otro lado, es necesario tener en cuenta que la caracterización del sector agropecuario como un todo invisibiliza condiciones sumamente disímiles. Al interior del sector se observa una diversidad de situaciones que también dificultan el análisis de las condiciones de trabajo de manera agregada. Algunos de los ejes que marcan estas diferencias son a) la región; b) la actividad productiva que se desarrolla, y c) el tamaño de la explotación.

De esta forma, por ejemplo, las características de la ocupación en una explotación chica difieren sustancialmente de las de una explotación grande, aunque se encuentren en la misma región. Adicionalmente, aunque su tamaño sea similar, la diferencia en la producción que se lleva adelante suele marcar distintas condiciones de trabajo.

Si bien puede argumentarse que en el contexto de la expansión masiva de la soja tienden a homogeneizarse algunas de las condiciones regionales de producción, lo cierto es que el proceso ha tenido y tiene características diametralmente opuestas en las diferentes regiones –pampeana y extrapampeana–. En consecuencia, un análisis integral de las implicancias que tienen las transformaciones descritas del sector agropecuario argentino, en variables tales como el empleo, las remuneraciones salariales y la distribución del ingreso, hace necesario diferenciar estas dinámicas según región, actividad productiva y tamaño de explotación –o una aproximación como lo es el tipo de rinde–.

Distribución primaria del ingreso en el sector agropecuario argentino

Si partimos del total del sector agropecuario, para 2007 la remuneración al trabajo asalariado (tanto registrado como no registrado) constituía solamente el 18,3% del valor agregado bruto a precios de productor, al tiempo que en el conjunto de la economía esa participación llegaba al 38,9%. Es decir, la participación de la remuneración al trabajo asalariado en el sector agropecuario era menos de la mitad de lo que representaba en el total de las actividades.

Al considerar también en estos guarismos el ingreso mixto bruto, que puede ser en parte remuneración al trabajo pero también ganancia y renta, el sector se sigue destacando por el reducido porcentaje del ingreso que se apropian los trabajadores. El cociente entre el total de remuneraciones más el ingreso mixto y el valor agregado era en 2007 de 26,4%, mientras que en el total de la economía era de 49 por ciento.

A su vez, si se analiza el comportamiento de estos indicadores en el tiempo, se observa una disminución sostenida –de 26,9% en 2000 a 16,1% en 2007– de la participación de los salarios en el sector agropecuario que contrasta con la dinámica creciente que presenta el conjunto de la economía –de 31,4% en 2002 a 39,1% en 2007–.

En cierta forma se podría argumentar que este nivel inferior de la participación salarial en el valor agregado encuentra su explicación en los bajos salarios medios del sector agropecuario. Sin embargo, su trayectoria no puede ser explicada por la evolución de los salarios ya que el salario medio del sector agropecuario creció más rápido que el salario promedio del conjunto de la economía –el cociente entre salario medio del sector y el de la economía pasó de 0,47 en 2002 a 0,67 en 2007–. En este punto, la diferencia en la participación salarial del sector puede estar vinculada, por un lado, al aumento de las ganancias y las rentas del sector agropecuario y, por otro, a la baja generación de puestos de trabajo.

La zona núcleo de la región pampeana (Pergamino)

Al focalizar el análisis de la distribución del ingreso en la zona núcleo pampeana –específicamente Pergamino– resulta pertinente aclarar que aquí los rendimientos por hectárea de los cultivos son más elevados que en otras zonas, lo que implica la presencia de mayores rentas y ganancias extraordinarias.

En términos concretos, según los esquemas de costo de INTA- Pergamino, se observa que en 2010, para una producción de 684 dólares por hectárea de soja, sólo se destinaron 23 dólares al pago de salarios. Este valor representa el 3,4% del valor bruto de la producción y, lo que es más significativo todavía, solamente el 4,4% del valor agregado total. Es decir que las ganancias –se incluyen aquí ganancias y rentas– representaron el 95,6% del valor agregado bruto a precios básicos.

Al menos dos comparaciones pueden llevarse a cabo para entender los alcances de estos valores. La primera de ellas es con respecto al resto de los cultivos que se producen en la zona (los más importantes) y la otra, con respecto a la distribución primaria para el total del país.

En cierta forma, los valores no difieren significativamente al comparar soja, maíz, trigo y girasol (Gráfico 1). Los cuatro principales cultivos de la región pampeana evidencian una distribución de los ingresos que deja a los salarios una participación marginal (soja 3,4%, el maíz entre el 4,5% y el 5,7% y el trigo, de entre el 7,3% y el 12,3%).

Gráfico 1. Composición del valor bruto por hectárea (en U$S/ha)
de los cuatro cultivos principales de la Región Pampeana. Año 2010
Fuente: Elaboración propia sobre datos del INTA Pergamino (2010)
y Márgenes Agropecuarios (Junio 2010).

A su vez, si se analizan estos valores según pertenezcan a producciones de altos o bajos rendimientos, se aprecia que si el rinde del cultivo es bajo, la masa salarial también tiende a disminuir. Esto se explica en la medida que se asume que los costos de implantación y cuidado no varían con los rendimientos, pero no así los pagos realizados para la cosecha, donde la masa salarial depende en forma directa del volumen de lo cosechado.

Dentro de la similitud en la escasa participación salarial de los principales cultivos de la zona, el cultivo con mayores salarios por hectárea es el maíz, seguido por la soja. Esto obedece a que en la implantación del cultivo y su ulterior cuidado se realizan, comparativamente, gastos salariales menores, y a que los elevados costos de la cosecha implican mayores erogaciones en el pago de salarios.

Ahora bien, según se indicó, la soja es el cultivo de menor participación salarial (3,4%) de todos los examinados. Esto significa que, si bien al analizarlo en términos directos genera una masa salarial por hectárea superior a la del trigo, cuando se analiza la proporción que representan los salarios sobre el valor agregado tal participación es la menor de todos los cultivos.

En el caso de la soja, incluso incorporando los gastos salariales en estructura (como por ejemplo, el pago de asesoramientos técnicos), la participación del gasto salarial en el valor agregado del producto es notablemente baja. En esta, los salarios representan entre el 8,5% y el 12,4% del valor agregado a precios básicos. Es decir que las rentas y las ganancias dan cuenta de entre el 87,6% y el 91,5% (sin considerar la masa de riqueza dedicada al pago de impuestos).

En segundo lugar, resulta pertinente abordar el comportamiento de la variable de distribución del sector agropecuario en la zona, en comparación con el conjunto de la economía. En el año 2007, como se vio, la remuneración al trabajo asalariado en el conjunto de la economía argentina llegaba al 39% del valor agregado bruto, al tiempo que otro 10% correspondía a la participación del ingreso mixto bruto. Este 39% se contrapone claramente con los niveles menores al 10% evidenciado para el caso de la soja, tanto con altos como con bajos rendimientos. En otras palabras, la distribución del ingreso en la zona núcleo de la región pampeana, para el caso de los cuatro principales cultivos, conlleva una participación muy inferior de los salarios con respecto a la del total de la economía.

Por otro lado, la muy elevada proporción de trabajadores no registrados (sin aportes previsionales, ni obra social) –más del 60% de los asalariados del sector– pone de manifiesto que aun cuando la masa salarial (y por tanto el gasto en aportes previsionales) sea una proporción muy pequeña del valor agregado, igualmente los productores tienden hacia formas precarias de contratación del trabajo. En este punto, puede argumentarse que la condición de contratación no está tan vinculada a la capacidad de afrontar los costos por parte del productor, sino más bien a la efectividad de los controles que despliegue el Estado al respecto.

Por último, bajo el objetivo de dimensionar la vinculación entre las transformaciones del sector agropecuario, ya descritas –sojización, expansión de la frontera agrícola, implementación de paquetes tecnológicos, entre otros–, y la distribución del ingreso que de ella deriva, cabe hacer la siguiente aclaración: la reducida participación del salario en el valor bruto de la producción agropecuaria no constituye un hecho novedoso. En este punto se puede argumentar que no se está en presencia de una consecuencia directa de los procesos de trasformación descritos.

Además, una situación en extremo parecida se observa para las restantes producciones (al menos, en la región pampeana). Sin embargo, debe notarse que en consonancia con las transformaciones acaecidas, se ha consolidado la concentración del ingreso, lo que es ya una característica significante de las producciones extensivas pampeanas.

La región extrapampeana del Chaco

Como ya se ha mencionado, en prácticamente la totalidad del territorio nacional (con excepción de las provincias correspondientes a la región patagónica y la región de Cuyo) la soja tiene una muy elevada importancia. De esto se deduce que esta oleaginosa ha dejado de ser un cultivo exclusivamente pampeano, para (aun siendo preponderante en la región pampeana) pasar a tener un peso significativo en diversas provincias del norte argentino. En varias de ellas la participación del cultivo de soja sobre el total de superficie cultivada alcanza proporciones superiores al 40%, como por ejemplo en Salta (49,7%), Chaco (40,8%), Santiago del Estero (49,5%) y Tucumán (51,4%).

Debe notarse que en estas zonas los rendimientos por hectárea de los cultivos son más reducidos que en otras, lo que implica, en términos generales, la presencia de menores rentas y ganancias extraordinarias, especialmente en el caso de los cultivos extensivos típicamente pampeanos.

Al analizar puntualmente la distribución del ingreso en la provincia de Chaco –en base a los esquemas de costos por cultivos elaborados por INTA Sáenz Peña– se observa lo siguiente: para el año 2010, en el caso de la soja, para una producción de 564 dólares por hectárea, apenas se destinaron 27 dólares al pago de salarios. Este porcentaje representa el 4,8% del valor bruto de la producción, y apenas el 7,5% del valor agregado total. O sea que las ganancias –se incluyen aquí ganancias y rentas– representan el 92,5% del valor agregado bruto a precios básicos.

Ahora bien, si se compara estas cifras con otro de los principales cultivos de la región, como el algodón, los resultados difieren sustancialmente. En efecto, lo que se observa en términos generales es que para esta actividad intensiva en mano de obra, la proporción del valor agregado que se destina al pago de salarios resulta sensiblemente superior a lo que se observa para las producciones extensivas pampeanas. En la distribución por cultivo según altos y bajos rendimientos, se observa claramente que el cultivo de mayores salarios por hectárea fue el algodón (Gráfico 2). Esto se debe a que en la implantación del cultivo y su posterior cuidado se realizan en comparación gastos salariales mayores, y a que los altos costos de la cosecha generan desembolsos superiores en el pago de salarios.

Gráfico 2. Composición del valor bruto por hectárea (U$S/ha)
de los cultivos principales de la provincia de Chaco. Año 2010
Fuente: Elaboración propia sobre la base de datos de Elena, 2010, Márgenes brutos de los principales cultivos, inta-Área Economía, Serie Informaciones Técnicas n° 95 y Rodríguez, 2008, Consecuencias económicas de la soja transgénica. Argentina, 1996-2006, Ediciones Cooperativas/clacso.

A su vez, el algodón es el cultivo de mayor participación salarial (entre el 25,6% y el 31% del VA) de todos los analizados. Ello quiere decir que, tanto cuando se lo analiza en términos directos como cuando se estudia la proporción que representan los salarios sobre el valor agregado, la de los salarios involucrados en la producción de algodón resulta ser la mayor de todos los cultivos bajo análisis.

Incluso considerando los costos de estructura, los salarios representan, en el caso del algodón, entre el 25,6% y el 31% del valor agregado a precios básicos. Es decir que las rentas y las ganancias representan entre el 69% y el 74,4% (excluyendo la masa de riqueza destinada al pago de impuestos).

Para el año 2007, según lo expuesto, la remuneración al trabajo asalariado en el conjunto de la economía argentina llegaba al 39% del valor agregado bruto, al tiempo que otro 10% correspondía a la proporción del ingreso mixto bruto. Si bien para el mismo año la participación del salario en la producción de algodón se encuentra por debajo de los valores del promedio de la economía, la misma parecería ubicarse por encima de la media del sector agropecuario y, por ende, sería claramente superior a la participación registrada en los cultivos “pampeanos”, ya sea que estos se lleven a cabo en la región pampeana o en regiones extrapampeanas.

En definitiva, de lo antedicho se puede inferir que la distribución del ingreso en la producción de algodón, en la provincia de Chaco, implica una participación mucho mayor de los salarios que en el caso de los cultivos de soja y girasol, aun cuando estos se producen en zonas no pampeanas.

Comentarios finales

En síntesis, la reflexión respecto del interrogante de si el significativo crecimiento del producto agrícola de las dos últimas décadas se reflejó en un aumento en el ingreso real de los ocupados en el sector, es sumamente sugerente.

En cuanto al comportamiento del sector agropecuario en relación al resto de la economía, se observa que efectivamente hubo un crecimiento del excedente agropecuario, que se refleja en el aumento de los salarios, pero que sin embargo no derivó en una mejora en la distribución del ingreso.

Puntualmente, en la región pampeana los cuatro principales cultivos –soja, maíz, trigo y girasol– presentan una participación marginal de los salarios claramente inferior al total del sector y de la economía. Por el contrario, en la región extrapampeana analizada –Chaco– se evidencian significantes diferencias en la distribución del ingreso entre los principales cultivos –soja, algodón y girasol–. La masa salarial por hectárea de la producción de algodón es notoriamente superior a la del resto de los cultivos. No obstante, aun en el caso del cultivo de algodón, la participación de los salarios en el valor agregado es aproximadamente la mitad de la que se registra en el conjunto de la economía nacional.

En este punto surge el interrogante acerca de cuál es el peso que tiene en la distribución del ingreso una de las implicancias más significantes de las transformaciones en el sector agropecuario, como la sustitución de productos. Al respecto, se ha visto que una hectárea de soja implica menos salarios que una de algodón. Por lo tanto, puede argumentarse que si se reemplaza una cierta cantidad de hectáreas de algodón por otras de soja (como sucede en la provincia de Chaco), cabe esperar un desmejoramiento en las remuneraciones de los asalariados del sector. Esto se vincula en parte al hecho de que en el agro existe un factor de producción fijo: la tierra. Debido a que la tierra (de una calidad o fertilidad dada) no es reproducible, aumentos de la riqueza (ya sea en términos de valor bruto o valor agregado) no implican necesariamente una mayor masa salarial. En términos simples, es raro que un aumento en la industria automotriz dé lugar a una reducción en la producción de heladeras (al menos en ausencia de pleno empleo). En cambio, una mayor producción de trigo, por ejemplo, puede llevar a una reducción en la producción de maíz. De este modo, cuando se sustituye un cultivo por otro buscando mayores ganancias, podría generarse una menor riqueza.

En definitiva, en el caso del Chaco, el reemplazo de una lógica productiva en la que se basó la organización socioeconómica provincial durante más de cuatro decenios por otra que privilegió los menores costos comparativos, suscitó el avance de una actividad que significó una menor demanda de mano obra y niveles más bajos en participación salarial. Por lo tanto, se hace evidente que, especialmente en la producción agropecuaria, las ganancias individuales no deberían ser la única guía orientadora del uso de la tierra cultivable.

Autorxs


Agustín Mario:

Lic. en Economía – UBA. Doctorando en Economía de la UBA. Becario Tipo I CEUR-CONICET.

Regina Vidosa:
Lic. en Sociología – UBA. Maestranda en Economía Política de FLACSO. Becaria Tipo I CEUR-CONICET.